Thalassa
El 17 de noviembre de 2001, en San Petersburgo, la marina rusa hizo un último homenaje a los suyos. En ese día, enterraron las víctimas del naufragio del submarino Kursk, que sucedió el año anterior. Por fin se devolvieron los cuerpos a las familias. Para Galina Isaenko y sus hijos, esta ceremonia de adiós les permitió cerrar definitivamente un capítulo de su vida.
Galina se casó siendo aún muy joven con Vasili Isaenko. Tuvieron dos hijos: Liuba, que ahora tiene 16 años y Sergei, de 14. Vasili, que fue el número uno de su promoción, era oficial de marina, especializado en el mantenimiento de reactores nucleares de submarinos. Pertenecía a la flota del norte, es decir, de los barcos de guerra que tienen la base más allá del círculo polar, en la península de Kola. El centro neurálgico de la flota del norte era el temible submarino lanzamisiles de crucero Oscar segundo, el Kursk.
Ese sumergible de 154 metros de longitud, propulsado por dos reactores nucleares y puesto en servicio el año 1994, transportaba, en sólo 18 horas, 22 mísiles supersónicos de combate Granito, capaces de destruir una flotilla de barcos y objetivos en tierra. En la primavera de 2000, el Kusk volvía de una larga misión en el Mediterráneo y, como siempre, las mujeres y los hijos reciben los hombres del submarino. Todos viven en Vidiajevo, el puerto donde atraca el Kursk. En esa pequeña ciudad de guarnición, prohibida a los civiles y aislada del mundo, vivía la familia Isaenko. A los pocos meses, Vasili se incorporara a la tripulación del Kursk por primera (y última) vez.
El accidente
12 de agosto de 2000 a las 11 de la mañana, hora de Moscú. En el mar de Barents ha habido dos explosiones muy potentes. El Kursk ya no responde. En seguida se desplazan a la zona barcos militares y equipos de salvamento. El 13 de agosto por la mañana encuentran el submarino en el fondo del mar. A bordo hay 18 hombres.
Sergei, el hijo de Galina nos explica como vivió esas primeras horas: Encontraron la lista de los que participaban en la misión del Kursk, y el nombre de mi padre estaba en ella. En esos momentos nadie sabía que había pasado. Todos pensaban que salvarían a la tripulación. Por la tele, nos decían que todavía había esperanzas. Hablaban de grietas en el buque y de señales que notaban los buzos. No sé si era verdad o mentira, pero al cabo de poco tiempo nos reunieron a todos para decirnos que no podrían salvar a nadie. De golpe, en un momento fue como si los acabaran de matar a todos.
La vida después del Kursk
Después del accidente, Galina y sus dos hijos se instalaron en San Petersburgo. El gobierno indemnizó a las familias de las víctimas y les proporcionó una vivienda. Galina cobró 10 años de sueldo de su marido y las autoridades le ofrecieron un piso en la ciudad. Encontró trabajo de contable. Empezaba una nueva vida con el drama que guardaba en su corazon, como si se tratara de un secreto inconfesable. En su nuevo trabajo –nos cuenta Galina-, nadie sabe que ella es una de las viudas del Kursk. Necesita el anonimato para poder olvidar.
Poco después del accidente, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, prometió a las familias que les devolvería los cuerpos de sus familiares. Putin convirtió el mantenimiento de esta promesa en un punto de honor. Después de meses de investigación, reflexión y dudas las autoridades confiaron la delicada misión de rescatar el sumergible al taller de construcción Robbin. Su director, Igor, Spaski, se siente directamente implicado en este asunto porque él fue quien creó el Kursk.
El rescate
A mediados de julio, un equipo de 18 especialistas (rusos, ingleses y noruegos) emprende la primera fase de la operación de rescate; una tarea ardua y peligrosa. Los marineros hacen relevos un mes entero para separar la parte delantera del submarino, donde había los torpedos. Las explosiones lo estropean, pero más adelante lo subirán para poder investigar las causas del accidente. Después, se realizan oberturas en todo el buque par introducir los cables que permitirán subirlo.
A finales de septiembre, llega al lugar del naufragio una barcaza de 140 metros de longitud, concebida especialmente para esta misión. Pertenece a la sociedad neerlandesa Mammoet. Dotada de tornos con cable de acero, esta barcaza se encargará de izar el Kursk, una estructura de 18.000 toneladas. Nunca antes se había realizado una rescate de tanta envergadura.
Los hombres afrontan unas dificultades técnicas enormes y sufren los ataques del mar de Barents, que se desata con frecuencia. Asimismo, pesa constantemente sobre ellos la amenaza de una fuga radioactiva. Se instalan detectores en los fondos y cada vez que suben los buzos se mide su nivel de radiación. Pero parece que la catástrofe no afectó a los reactores del kursk.
El 8 de octubre se cumplen tres meses desde el inicio de la operación, y finalmente el dispositivo está a punto. La tensión llega al límite. El Kursk descansa desde hace más de un año sobre dos metros de lodo. Finalmente todo funcionará de acuerdo con las previsiones. Lentamente el Kursk se levanta e inicia una remontada que durará más de 15 horas.
El regreso de los marineros
El kursk, sólidamente atado a la barcaza, es remolcado hacia los astilleros militares de Roslyakovo, a 18 kilómetros de Murmansk, donde restará en dique seco. Tras pasar 14 meses bajo el agua, aparece el estandarte del Kursk, la águila de 2 cabezas.
Cuando el representante de la marina rusa sube por primera vez a los restos, se viven unos momentos de emoción. Al cabo de un tiempo, equipos especiales entran en el interior del Kursk para recuperar los cuerpos de los marineros, identificarlos y devolverlos a sus familias. El procurador general de Rusia, Vladimir Ustinov, se encarga de la investigación sobre el naufragio, del cual todavía hoy se desconocen las causas. De momento, sólo se pueden constatar los daños: el buque destrozado y el segundo compartimiento totalmente desintegrado a causa de la violencia de las explosiones.
Galina, la viuda de Vasili, nos explica: el año pasado, cuando hablaron de recuperar los cuerpos, yo estaba en contra. No creía que al final lo llegaran a hacer. Pensaba que nos mentían otra vez, que sólo querían recuperar secretos militares y que dejarían estar los cuerpos. Proclamaban que liberarían los cadáveres de la prisión marina y eso nos indignaba. Todos desconfiábamos mucho y no creíamos en el éxito de esta empresa. Toda esa gente que salía en la tele y que ya no podíamos ver... Nos habían explicado tantas mentidas...! Quería que dejaran tranquilos a nuestros muertos. Pero cuando finalmente el cuerpo de Vasili llegó al aeropuerto, cuando por fin pudimos enterrarlo, mi hijo me dijo: `hasta hoy no me he dado cuenta que ha muerto de verdad´.