José Luís Secorún
Emilio Palomero forma parte de una clase de hombres que abundaba en otros tiempos y hoy son una rareza, de esos que siempre han mirado la naturaleza como si estuvieran delante de una inmensa despensa. Emilio toda su vida ha sido un cazador y pescador empedernido.
Hacía 6 años que Emilio no tiraba el rall en las basses d’en Coll, en las cercanías de la desembocadura del río Daro en Girona. Ahora ha vuelto para recordarnos que a sus 79 años sigue siendo un artista en manejar este viejo arte de pesca, que en Cataluña se ha usado tradicionalmente, sobre todo, en el Delta del Ebro.
Pero Emilio no es el único que sabe tirar el rall en este rincón del Ampurdán. Muy cerca de la playa de la Gola, en el Rec del Molí, encontramos a otros dos hombre enfrascados en ello. Ramón Vila y Joan Muntada no tiran el rall por las 4 carpas o las llisas que puedan sacar, sino por el mero placer de dominar esta vieja técnica de pesca que se remonta a la prehistoria humana y que todavía es de uso habitual en otras latitudes.
Joan y Ramón hace más de 20 años que se conocen y pese a la diferencia de edad comparten las mismas aficiones y manera de relacionarse con la naturaleza. Juntos han cazado, recogido setas y pescado tanto en el mar o en el río, además disfrutan inventándose y haciendo sus propios artilugios para ello. Ahora les ha dado fuerte por tirar el rall, algo que parece sencillo pero que no lo es tanto.
Ramón lo corrobora: Es mucho más difícil de lo que parece. Tu ves a alguien como Emilio tirándolo, con ese sencillo movimiento... Pues no es nada fácil. Para conseguir dominar la técnica ha tenido que tirar el rall miles de veces. El que crea que es fácil, que coja un rall e intente tirarlo, ¡que ya verá!.
La historia de Emilio
Hace 41 años, Emilio Palomero llegó a Llafranc para trabajar en la construcción. Vino ligero de equipaje pero no se olvidó de traer un rall que arrastraba desde su infancia pasada en el pueblo de Oropesa de Mar, en Castellón.
Por entonces empezaba a despuntar el turismo en la Costa Brava, pero Llafranc guardaba el sabor de lo intocado y las 4 casas plantadas delante del mar para Emilio configuraban un paisaje de cuento, donde los conejos de campo rondaban a sus anchas por las calles y él los cazaban desde la puerta de su casa. Donde además, recuerda Emilio, la pesca desde la playa siempre estaba asegurada.
Cuenta Emilio que una vez, en solo un rato, pescó más de 150 kilos de sardinas desde la misma orilla con su rall de mar, un instrumento de pesca infalible en aquellas épocas de abundancia de peces.
Emilio recuerda como empezó el rall en Cataluña: Aquí el rall es procedente de los valencianos, de cuando venían a trabajar el arroz. No había ninguno que no supiera utilizar un rall. Esa gente vivía mucha miseria y todo lo que podían sacar del mar se lo llevaban a la boca.
Elaborar un rall
En los Massos de Pals encontramos a Ramón y Joan haciendo de las suyas. Le han encargado sendos ralls de mar a Emilio Palomero, y ahora van a fabricar los plomos que llevarán. A Joan no le gustan el tamaño de los plomos que pone Emilio en sus ralls y él mismo se ha hecho un molde con el que hacer otros más largos. Joan ha añadido un poco de estaño al plomo para darle mayor dureza. En pocos minutos, el tiempo de beberse un vino, el metal estará fundido.
No es la primera vez que Joan utiliza la cocina de su casa para estos menesteres, aún a sabiendas de que en la operación se generan vapores venenosos. Ventilar bien y evitar exponerse directamente a los gases es toda su estrategia. La operación se repetirá varias veces hasta obtener los plomos necesarios para armar varios ralls. Luego solo quedará: darles una pasada con la lima, y listo.
Actualmente el uso profesional del rall para pescar está prohibido en toda Cataluña y solo en el bajo Ebro la Generalitat concede de forma restringida licencias deportivas para que este viejo arte de pesca no se pierda definitivamente. Fuera del Delta del Ebro, en el resto de Cataluña, incluida la costa ampurdanesa, su uso es ilegal, aunque se permite en algunos casos usarlo de forma testimonial en exhibiciones.
Emilio hace un tipo de rall distinto al que hasta ahora ha usado Joan. El suyo no acaba haciendo una bolsa, es más sencillo de hacer y se tira diferente. El pique está garantizado. Cada cual defiende las virtudes del rall que conoce, el de Emilio se enreda menos y es mejor para pescar en el mar, mientras que el de Joan es igual a los que se han usado tradicionalmente en el delta del Ebro y en la Albufera de Valencia, un rall para aguas más tranquilas.
Con el sonido de mil viejas historias de fondo el coche de nuestros protagonistas deja la carretera para entrar en la pista de tierra que los llevará hasta las bassas d’en Coll. Allí pasarán el resto de la tarde lanzando el rall hasta que caiga el sol, siguiendo las instrucciones de Emilio que se ha empeñado en enseñar a Juan y Ramón su manera de hacerlo.
Emilio lamenta la progresiva pérdida de esta tradición: Cuando muramos ya no quedará nadie. La juventud de hoy en día no sabe ni hacer anguileras, ni ralls, ni remendar... Y cada vez más la gente deja el mar. Si no fuera por estos barcos grandes que salen, apenas quedaría gente.
Emilio, Joan y Ramón intentan a su manera mantener vivo el rall, aunque sea de forma testimonial. En Cataluña ya quedan muy pocos que sepan tirarlo, incluso en el delta del Ebro donde siempre ha sido un arte de pesca tradicional se está perdiendo, a medida que los abuelos dejan de usarlo y los jóvenes se desentienden de recoger el testigo de esa milenaria tradición.
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