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» Isla de Pascua. Tierra de Gigantes

Thalassa visitó la isla donde reinan los enigmáticos moais, estatuas de piedra con la mirada fija al mar. Haremos un repaso a la historia de Rapa Nui, la isla del mundo más alejada de cualquier continente


Ramón Gutiérrez

Los gigantes de piedra, los moais, son el símbolo de la isla de Pascua. Perdidos en el Pacífico Sur, evocan, cuando se pone el sol, la imagen que se tiene de un paraíso. La isla abordada no se parece a ninguna otra: es como un queso de Gruyere modelado por una veintena de volcanes, y con la primera colonización, se convierte en el punto habitado más aislado del mundo, a tres mil ochocientos kilómetros de Chile y a más de cuatro mil del archipiélago de las Gambier.

La isla de Pascua la habitaron, hacia el siglo V de nuestra era, poblaciones que provenían de la Polinesia. Probablemente fueran guerreros vencidos, acompañados por la familia, que tenían que abandonar los atolones superpoblados.

Como en las islas de donde provienen, los pobladores se organizan en clanes alrededor de un rey. Pero la tradición, que ya tenían, de levantar santuarios para proteger y divinizar el alma de los difuntos alcanza unas proporciones desmesuradas.

Los moais

Dos, cuatro, diez, veinte toneladas, con los siglos las estatuas se multiplican y crecen. Cada clan mantiene escultores cerca del volcán Rano Raraku. La falda de la colina es una pedrera de donde salen todos los moais. Recortados horizontalmente de la tosca volcánica, después cogían el camino de los lugares de culto. Se calcula que un equipo de escultores necesitaba entre tres meses y un año para hacer una estatua.

Juan Chávez, Vicepresidente del Consejo de Ancianos de la isla explica el proceso: El acero no existía todavía, entonces ellos traían piedras de la orilla del mar, las golpeaban y las dejaban , más o menos alargadas, como herramientas, y daban, golpes. Así hacían los moais.

Algunos arqueólogos, como el noruego Thor Heyerdal, consideran que el hallazgo, al pie de la pedrera, de esta estatua tan particular creará polémica. Para él, este moai, cualificado de primitivo, se parece a los de Tiahuanaco, en Bolivia. Por lo tanto, la isla la poblaron, en alguna época, los amerindios.

Con más seguridad, este moai es una extraña copia de las estatuas agachadas que hay por toda la Polinesia, los llamados tiki. Otra polémica: ¿caminaban, como pretende la leyenda, los moais? Un camino de la isla conserva el nombre de Camino de los Moais, debido a unos cuantos gigantes escondidos por el sendero que da al mar.

Juan Chávez explica: Nuestra tradición defiende que existían manas y caminaban los moais, de qué forma, no lo sé. Pero mi abuela contaba que los moais anduvieron. Para mí es difícil de creer, porque yo estudié en un colegio moderno, y que un cuerpo muerto como las piedras andase... no lo creo, pero pensándolo bien me pregunto: ¿cómo pudieron mover un moai de 300 toneladas?. Eso te da que pensar.

Una historia trágica

Las excavaciones, las fechas y la interpretación de las leyendas permiten adivinar los misterios. Por ejemplo, nueve de cada diez estatuas están escondidas, rotas, en el mismo punto donde se adivina el zócalo. Explicación: En el siglo XVI, la población debía superar los quince mil habitantes en el mismo sitio donde ahora sólo hay dos mil. Debido a la escasez de alimentos, las guerras debían ser sangrientas: se comían a los vencidos y destrozaban las estatuas enemigas.

Antes de este trágico episodio, los santuarios debían parecerse al ahora restaurado conjunto de Anakena, residencia real donde los moais recuperaron los sombreros de piedra roja. Y aún más, en 1979 un descubrimiento permitió afirmar que dentro de las órbitas se colocaban unos inmensos ojos de coral de obsidiana.

Pero ¿cómo habían recorrido, estos moais de Anakena, los kilómetros que los separaban de la pedrera? Los años cincuenta aportan una respuesta satisfactoria. Colgados de caballetes de madera, habrían caminado con la ayuda del hombre.

Thor Heyedhal, partiendo de la certeza de que antiguamente había un gran número de árboles sólidos, en el año 1955 consigue, con un equipo de una decena de personas, enderezar uno de estos gigantes. Con la ayuda de palancas de madera muy grandes y acuñándolo con piedras, el moai recuperó, al cabo de pocos días, la posición original.

Para conservar las tradiciones, los antepasados encontraban el reposo eterno al pie de los moais, tanto si los habían construido con la mirada hacia el cielo como de cara a tierra, como en la mayoría de los casos.

El huevo de golondrina

Un islote, a dos kilómetros de la costa, indica el lugar hacia donde se dirigían los representantes de los clanes para ir a buscar el primer huevo de golondrina, símbolo que concedía el poder a una familia durante un año. Las famílias, doce, esperaban en las casas del pueblo ceremonial de Orongo.

Y mientras los nadadores vigilaban el huevo mágico, los clanes multiplicaban las ceremonias al dios Maké Maké. Generaciones enteras de habitantes de la isla grabaron en las piedras la devoción y el culto al dios pájaro. Quinientas figuras de hombre pájaro adornan las rocas, delante del islote. Durante más de cien años, este ritual marcó el ritmo de vida de la isla. Se acabaron la antropofagia, las guerras fratricidas y las rivalidades. La gente de Pascua había encontrado, en su imaginación, el medio de superar las discrepancias.

La llegada de los españoles

Queda el testimonio de los primeros occidentales, los que llegaron a la isla el siglo XVIII. El primero fue un holandés: Jacob Roggeveen, en 1722. Estuvo cinco días y determinó la posición aproximada de la isla, que bautizó con el nombre del día de su descubrimiento: Pascua. Inquietos, los españoles, al cabo de cincuenta años enviaron una pequeña flota para tomar posesión de esta isla. Actualmente estos primeros mapas están en la biblioteca de Barcelona y la isla se llama San Carlos, el nombre de Carlos III, el soberano español de la época.

Francesc Amorós es un historiador que ha estudiado estos documentos: Son los primeros mapas de la isla de Pascua. Son fruto de las expediciones que los españoles hicieron a partir del siglo XVI hasta el XVIII, en todo el área de la Polinesia y del Pacífico Central. Fruto de estos viajes tenemos: este primer diccionario, que es el primer diccionario hecho directamente de las lenguas polinesias a una lengua occidental y éstos serían, como he dicho antes, los tres primeros mapas hechos de la isla de Pascua

Tres crucecitas recuerdan el acto oficial de la toma de posesión de la isla y, con el diccionario, un primer léxico permitirá a los futuros descubridores e historiadores comparar los orígenes y las evoluciones de la cultura de la isla. Felipe González, responsable de la expedición se vuelve, con sus dos barcos a informar al virrey de Perú de la firma del acta oficial.

Se quedará seis días y sus escritos hablarán de los moais gigantescos, pero no manifestó ninguna curiosidad por esta cultura. De todo modos, a finales del siglo XVIII la organización social de la isla es un modelo de convivencia pacífica. Los esclavistas

Es el año 1931. Francia y Bélgica acaban de organizar una expedición común, bajo la dirección de un especialista, Alfred Renaux. La historia del huevo y del hombre pájaro y las leyendas seculares de la isla se recogerán de testimonios directos. Recuerdos terribles donde se mezclan las leyendas polinesias, el miedo de los veleros de alta mar y el odio del hombre blanco.

Exceptuando el Capitán Cook y el cuento de la Pérouse, ambos navegantes y humanistas, las expediciones tenían finalidades menos nobles. Durante todo el siglo XIX los balleneros americanos, los cazadores de esclavos peruanos y las enfermedades de la población fueron frecuentes.

La Flore, fragata de la armada francesa, se irá con una cabeza colosal de moai. Los americanos embarcarán una de las estatuas más veneradas de la isla. Otros, como Alfred Renaux no dudan de servirse de este museo al aire libre... con la ayuda de la población. Expuesto en el Museo del Hombre, en París y no en Bélgica, esta cabeza enorme de moai hará el viaje de vuelta con el Mercator, el barco escuela de la marina belga, bien protegido de los golpes provocados por el balanceo.

Alberto Hotu, Presidente del Consejo de Ancianos, lamenta este expolio: Hay obras en todo el mundo. Obras que no han salido de la isla legalmente: vendidas por personas irresponsables, robadas o, incluso, cogidas por los mismos que han participado en las excavaciones y restauraciones. Todavía desaparecen algunas de estas obras, pero en poca cantidad.

El turismo y la invasión cultural

Los turistas no tienen tiempo que perder. Contrariamente a los museos tradicionales, este ofrece ciento sesenta kilómetros cuadrados de espacio para visitar. El turismo, poco más de seis mil visitantes por año, constituye para los habitantes de Pascua, prácticamente la única fuente de trabajo.

También origina muchos de los problemas. Así el Club Mediterranée, poco preocupado por los frágiles equilibrios de la isla, intentó implantarse, pero una gran protesta internacional repelió el asalto. Sin embargo, hoy la amenaza más insidiosa se llama acumulación.

En la red de televisión de la isla sólo hacen programas en español. Y la presencia occidental lo invade todo: la presencia de los aviones de reconocimiento de las fuerzas armadas de los Estados Unidos de América, o los campos de reposo de los combatientes de los años 60 en Vietnam, los hijos naturales de los cuales tienen comportamientos marginales.

Hotu lamenta esta invasión cultural y explica que En la televisión por ejemplo dan programas de películas de guerra, de películas de Karate, etcétera. Y los niños hablan castellano, tal y como lo han escuchado por la noche y parte en los comentarios del día. Por lo tanto, no hay un programa hecho para que los niños aprendan el pascuense o aprendan su propia historia, no se les enseña la historia pascuense.

El consejo de la isla lucha para contrarrestar esta pérdida de identidad, pero es una batalla desigual. Sin embargo, la historia de este pueblo es poderosa y ha logrado sobrevivir al paso del tiempo, llegando hasta nuestros días envuelta en un halo de misterio.

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